Un día de la Filósofa de Pacotilla.



Un día más. Algunos me contradicen. Opinan que esto es un día menos. Días y días. Pero hoy solo es un buen día. Sonó la alarma, el trabajólico sol se levantó primero que yo. Lo supe al abrir los ojos. Ahí estaba él sobre mis sábanas. Entrando a las fuerzas a mi casa. Empujándose por entre una rendija de la cortina. No le dije nada por colarse. Abrí la ventana para dejarlo entrar con furia a mi mañana. Le dejé pegarme. Vamos Sol, golpéame con fuerza. Me azotó el rostro. Mis piernas en loto me enraizaron. No al piso sino al equilibrio. Mi cuerpo se siente flor. Estoy brotando como la primavera. Hacia adentro. Voy creciendo como un árbol grande. La copa del árbol es la raíz y la raíz la copa. El árbol que en sus dos lados crece hacia el infinito. Crece pero no se expande ni se contrae.  Solo está creciendo. Allí están mis ojos abiertos hacia adentro. Mis párpados los cubren del mundanal espectáculo. Los misterios del mundo revelados en la quietud del espacio que está adentro y afuera. Puedo verlo adentro mejor. Puedo ser allá. Donde pierde relevancia el ruido diario. Comprendo entonces que sin ser uno de los mosqueteros soy uno en todos y todos en uno.  El universo deja de ser entonces una definición. Ya no es. No llega a ser nada. Se destruye el concepto y queda un silencio grande indefinible. Definir significa delimitar nuevamente. Decir qué es. Poner un límite. Prefiero sentir y dejar los conceptos para los filósofos. Yo soy filósofa sí. Pero de pacotilla. Y a los filósofos de pacotilla se nos permite violar nuestra condición de sabios. Transformarse en ignorantes. Sentada aquí desaprendo. Estoy volviendo a alguna parte de la que salí. Volver significa ser. Es un viaje hacia allá. Y un profundo viaje hacia aquí y ahora.


Mindi

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¿Qué movía al mundo ese día?



¿Qué movía al mundo ese día? Era el viento sobre la copa de plástico, movediza ella, bailando sobre el mantel. Moviendo a su antojo los escombros de la fiesta de anoche. Sí, eso debía ser. El ventarrón. Él, que divisaba el espectáculo desde la esquina de su vieja sala. El marco oxidado de su ventana conducía la vista hacia la mesita del portal de la casa continua, donde la danza aquélla sucedía. Su piano y su música desde el alma hacia los dedos, y desde ahí hacia el mundo. Chopin, Opus 25, N. 9 en sol bemol mayor, decía mucho, no decía nada. Callaba y su silencio abrazaba el cuadro, la escena. El mundo desde su ventana. La lámpara colgada del techo y sus gotas de lluvia congeladas en cristal, danzando con el viento, no con su música. Pero su música, su pieza melódica a él le llenaba el alma. La rebosaba. El piso a su alrededor, un lago de él mismo mientras el tocaba. Volvía a tocar y moría. Aunque fuera vida lo que hacía con sus manos en ese piano, se extinguía por el simple gusto de volver a nacer. De reaparecer en existencia. De sentir el orgasmo de la muerte y el éxtasis de la vida, otra vez. Muchas veces otras veces. Despertaba el gato que reposaba sobre el piano. Su gato. El viento seguía moviendo ése mundo. El viento violaba su nariz, y los poros de su piel. Era el mismo viento que posado estaba sobe la mesa de la copa y del mantel y que movía al mundo. ¿En realidad movía éste al mundo? ¿Era su música o era el viento? O ninguno de los dos. O los dos. ¿Simbiosis? La pieza musical repleta, repleta de eso, de música, retiraba el sonido en cada pausa y dejaba el hueco perfecto en donde reposar el alma, y disfrutar la vida, ese soplo de instante, ese pestañeo que es, que no tiene mucha descripción. Solo es y ya. Solo puedes perderte en ello y respirar. Y sentir. O perderte de ello y estar muerto en vida.

Él sabía de esto. Él solo hacía música, aunque sabía que era lo opuesto en realidad. Que ésta lo iba haciendo a él.


Minda




Gracias Chopin por la inspiración:
Chopin, Opus 25, Nº9 en Sol bemol mayor

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Mi pelota mágica





La escuela estaba repleta de hojas secas caídas desde los árboles, hasta el suelo. Barría el piso el portero del lugar con su escoba de espinas de peces prehistóricos, me contó el dato mi abuela, el día en que le pregunté por qué le faltaban pelos. Abrí la puerta con cuidado, para que nadie notara mi presencia en el lugar. Mamá no sabía que yo estaba allí, mamá creyó que yo estaba en el parque, frente a la puerta de mi casa, jugando… En realidad yo quería jugar, pero pensaba todo el tiempo en mi pelota, la que había dejado olvidada en la escuela. No soportaba la vida sin esa pelota. – Papá quiero esa pelota, esa pelota quiero, esa pelota quiero, quiero, quiero. Y me eché a llorar en el piso. – Hijo, en esta feria hay pelotas feas, yo te voy a comprar una mejor mañana. Mi llanto se prolongó por varios minutos más, y al reponerme del berrinche, mi papá, mi héroe, me había salvado del fin de mi pequeño mundo con ese balón.

Mamá una tarde me vio intentando rayar la pelota. Tuvimos entonces la conversación más seria que podía haber tenido en toda mi vida: hijito, si rayas la pelota, ella llora, es una niña, y a los niños no se los maltrata. Acércate amor, escucha que está calladita, pero si la rayas, llora. Vaya, mamá me había enseñado que yo, Marcelino Pérez, era el dueño de la pelota mágica.

-Mi pelota es la única en el mundo que puede llorar, y ustedes no la tienen. – dije en el patio, en medio de un círculo que habían armado mis amigos junto a los columpios en el patio de la escuela.
-Y si puede llorar, ¿por qué es que no la he escuchado llorar? Tú eres un mentiroso, Marcelino es mentiroso, mentiroso, mentiroso, mentiroso. – Dijo Moni
-Mi pelota es mágica, ella llora, y no me creas, no me importa, y tampoco voy a permitir que le hagan daño, nadie la va a hacer llorar jamás.
-¿Y cómo sabemos que es verdad si la pelota no llora nunca? Replicó Andrés, desde el columpio, en medio de una hazaña, casi llegando al cielo.
- Porque mi mamá me lo dijo y mi mami no es como ustedes, mentirosos todos. – Exaltado respondí.

El silencio abrazó el lugar. La pelota en mi regazo, todos querían jugar con ella cuando comprendieron la virtud, la vida de mi pelota. Y ya sabía yo que ella si soportaba las patadas, en su condición de balón, pero, ¿y si la rayaban o metían algún objeto punzocortante? Así es que no permití que nadie la tocase. Algunos la acariciaron un poco, yo la llevé hasta el sector del salón donde podíamos dejar nuestras cosas. En mi casillero reposó ella todos los días luego del receso.

Mis compañeros les contaron a la tía Eugenia, mi maestra encargada. Ella fue muy buena con mi pelota, siempre verificó que estuviera bien ubicada en su sitio, que mis amigos no la tocaran. La pelota mágica la llamaron en adelante todos los de mi salón, incluyendo a mi maestra, la tía.

El último día de clases, las vacaciones, el verano, la playa, todos soñábamos los planes que tendríamos para los largos meses venideros que disfrutaríamos en compañía del sol, seguramente. 

Salí ese recreo, con mi pelota, mi compañera de todos los días, y quería conversar con alguien. Le conté que mamá quería darme un hermanito, y que yo no quería hermanito ni hermanita, porque quería el cariño de ellos entero y total para mí. Estaba en la cancha de básquet, sentado viendo jugar a los demás niños. Se dañó el balón que usaban ellos, así es que me pidieron prestada a mi pelota mágica, se las presté porque sabía que simplemente querían jugar y no hacerle ninguna travesura extra que la despertase de su sueño y la hiciera llorar. Nunca permitiría que le hicieran daño, nunca, se lo prometí a mamá, me había olvidado de comentarlo.

La campana de finalización del recreo sonó. Yo tenía que ir de inmediato a clases de pintura, mi favorita, y mi pelota mágica seguramente se estaba divirtiendo en medio de aquel juego. Se acercó a mí el entrenador del equipo y me pidió que por favor le prestara a mi amiga y me aseguró que él la haría llegar a mi salón inmediatamente culmine el juego. Me fui pensando que había hecho feliz al equipo y a mi pelota, no podía sentirme más feliz que viendo tantas sonrisas juntas. Yo casi ya no jugaba con ella porque le había agarrado un cariño único, un afecto infinito, y cómo no hacerlo, si me escuchaba cuando necesitaba alguien cerca, me prestaba su tiempo para acompañarme. A veces, no hacía nada por las tardes encerrado en mi habitación, cuando mamá se acercaba, yo tomaba un muñeco, un Jedy, y simulaba una guerra entre galaxias. Mamá se marchaba y yo volvía a contemplar el cielo desde mi ventana, con mi pelota mágica en los brazos. Ella no tenía que hacer nada, me daba la compañía que solo un amigo podía darme. A veces tuve la sensación de que ella reía, pero tal vez fue solo mi impresión. Papá una noche mientras cenábamos me dijo que ella estaba silenciosa todo el tiempo, que lloraba si yo la hería o rayaba o coloreaba sobre ella, porque no le gustaban los colores tampoco, que eso la hacía triste. Papá y mamá, mis ídolos cuidando el bienestar de mi pelota. 

Las 12:30 y las vacaciones habían llegado. Mamá fue por mi hasta el salón aquella tarde, apresurada me agarró de la mano, y yo intentaba decirle que aún no me habían dado de vuelta a mi amiga, pero ella no me escuchó ni una a, ni una e, ni nada. Mamá estaba muy empecinada en el tiempo contra reloj que la movía como a una autómata, a su antojo. Me fui, y yo planeaba todos los días cómo llegar a la escuela. Le propuse a mamá que me llevara a jugar un día pero fue imposible. No le podía decir que era por la pelota porque sería semejante irresponsabilidad de mi parte no haberla cuidado lo suficientemente bien, siendo ella tan especial, tan susceptible, tan mágica, que de seguro no volverían a confiarme un regalo tan maravilloso como este jamás en la vida. 

Cada vez que me preguntaban por la pelota yo decía que me había aburrido de ella, que estaba guardada en un lugar secreto, dónde solo ella y yo sabíamos encontrarla.

Mi pelota en el centro de la cancha de básquet. Mis ojos saltaron al verla, mi corazón se estremeció tanto que latía por fuera del pecho. Temí que estuviera llorando. Estaba allí abandonada, allí tomando sol. Saqué de la mochila que cargaba puesta el frasco de bloqueador solar que mamá me obligaba a llevar a todas partes, la unté porque el día era tan amarillo que podría jurar que ella terminaría ardiendo en llamas si no hacía algo en ese momento.

La operación era un perfecto triunfo, la metí en la maleta, caminé hacia la puerta, y papá llegando a buscarme con policías a la escuela. Me desmoroné. Cómo podía ser posible que papá hubiese llegado a la escuela si me escapé tan bien de casa, mamá no se dio cuenta. Y resulta que sí, cuando nadie supo de mí en el barrio, llamó a papá, salió corriendo de la oficina a llamar a la policía y buscarme por todos lados.

El abrazo me partía un poco los huesos, pero alcanzaba a respirar al menos. Mi pelota cayó al piso, y mi papá la pateó, lejos. Grité, lo solté, corrí tras ella. Papá me alcanzó.

-Lamento decirte Marcelino, que tu pelota no es mágica, creo que dejé que fuera muy lejos este asunto, debes saber que fue una idea de tu mamá para que la cuidaras, para que aprendieras a valorar las cosas que te compramos, que les tomes cariño, pero siento que esta ocasión se nos pasó la mano con esto. Perdóname hijo, yo sé que quieres mucho a esa pelota, pero no voy a permitir que sigas arriesgándote por objetos insignificantes, que arriesgues tu vida cruzando una calle solo, tu solo tienes 6 años, no tienes idea de lo peligroso que es que salgas a la calle solo, los peligros, todos están en la calle, y los niños tienen a sus papás que les solucionen sus problemas. Podías decirle a mamá o a mí que tenías un problema, que olvidaste la pelota, pero llegamos a estos extremos.- Concluyó papá.

Yo partí en llanto. Lloré desconsoladamente toda mi desdicha, sí, mi desdicha, ya no era yo el niño especial sobre la tierra con la pelota mágica, ahora volví a ser un niño más. Mi historia no quedaría para los libros, ya no sería yo como Sebastián en La Historia Sin Fin. Ahora volvía a ser Marcelino Pérez, sin amiga mágica que le convirtiera sus días en verdaderos milagros mágicos, a quién cuidar, proteger, con quien contemplar el cielo, a quién contarle sus más íntimos secretos. ¿Cómo volver a la escuela el siguiente año y decirle a mis amigos que todo fue mentira, que mis papás me habían engañado?

Papá me abrazó, y en ese abrazo ahora sí sentido, abrazo partido, partido de verdad, mis lágrimas formando cortinas con el mundo, divisé a mi pelota en esa bruma de lágrimas, a lo lejos. Y la escuché llorar.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Minda  

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Sábado

                                                   
    9AM

Nace el día desde el momento en que yo decido nacer una vez más. Broche final a los sueños.  Desde la quietud empezar a ser sin hacer. Sin molestar el descanso del cuerpo. Empezar a existir de nuevo sin haber dejado de hacerlo nunca. Con la extraña coincidencia de que hoy también es hoy. Como ayer. Con la conciencia un tanto dormida. Ensoñada. Dejarla despertarse de a poco. No quiero ser brusca con ella. La ventana entreabierta. En ella incrustado está el sol. Como un afiche de verano. Es verano. El astro rey en el mismo sitio que ayer. Intacto. Tengo la sensación de que nunca se fue. Que nunca fue anoche. Como si la noche que acabo de pasar nunca fue. Hace veinticuatro horas estaba ahí mismo ése mismo sol. No se ha movido ni un solo centímetro a la derecha ni a la izquierda. ¿Y la vastedad que tiene para moverse a su antojo qué? ¿Acaso no tiene antojos? Quizá solo soy yo quien va cambiando. Ya empezó a transcurrir el día que no me esperó para empezar. Pasa el tiempo. Y aunque el tiempo pase como si nada, se va llevándote... Y dejándote nuevo. Todo a la vez. Ahí sigue la ventana. Aquí yo. Usaré mi pensamiento solo para pensar que no pienso en nada. Sábado. Sí. Ayer fue viernes. O al menos eso decía el calendario. Pero cómo saber si era sábado realmente. A veces sospecho que los días no se llaman como se los conoce. ¿Y qué tal si les suplantaron la identidad? Fácilmente podrían no ser el que dicen ser sino una invención. El invento de quién les cambió el nombre... El original. Quién sabe si el Sábado se llama Enrique, o José, o Ignacio... O algo más complejo y no descubierto aún. Algo como Sesinio. Andramo. Bimuro. Algo que tampoco podría ocurrírseme a mí porque yo tampoco lo inventé. Sencillo. Y mientras tanto él sigue. No le importa si estoy en desacuerdo con su nombre. Sábado. Te largas sin mí que me quedo pensando en ti. ¿Así me pagas?... Será mejor que vuelva a usar mi pensamiento para volver a pensar que no pienso en nada.



Minda

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La inspiración no es un lugar físico.



Me siento a solas conmigo. Armo con mis piernas un loto y con mis manos lo decoro. Atino a encontrar ahí dentro la inspiración. Vago en el silencio amplio del lago negro de mis párpados cerrados. Ahí estoy yo sentada a solas conmigo y con todos los que conformamos yo. Con todo. Estoy conmigo y con el universo. Él y yo somos uno solo y él es infinito. Eso es en lo que creo. Pero también soy finita porque mañana me moriré. Y porque no se me ocurre nada ahora que lo necesito. Maldita sea. Y ahí sentada me esfuerzo por disolverme en ese negro que veo y emerger alguna idea que se deje expresar. Quiero sufrir un parto. Desgarrarme el vientre de ser posible. Parir aunque duela. Pero no hay nada que parir hoy. Me estoy obligando y no sucede nada. Ni la disolución ni la inspiración. El momento creativo es como el amor. No sucede cuando te da la gana sino cuando tiene que suceder. Es como el amor porque también es el amor. Pero aunque lo racionalice así tampoco puedo parar de intentarlo. Y de concebir una idea también. Quince minutos más tarde no ha funcionado. Me paro. Camino. La sala está inundada de luz. Los edificios brillan como si nunca antes hubieran brillado. Recuerdo entonces que todo es nuevo hoy aunque ayer ya sucedió también. Ya en la cocina bebo agua. No pienso en nada. Y aún no pensando en nada sé que en cada sorbo sigo buscando aunque la búsqueda ya cesó. Regreso a la habitación. El ordenador me sigue esperando con el cursor palpitando intranquilo en la pantalla. El cursor en plena taquicardia me sigue esperando. No sé qué decirte, ordenador. Ya no sé qué más decirte. Es cierto que no te he dicho nada. Pero precisamente por esto tú sabes, porque me conoces, que hoy no tengo nada que decirte. Deja de mirarme así por favor. Se me ocurre pedirte que co creemos algo. Piensa tú también. Siente tú también. Ayúdame. Es que a veces ya no puedo con la responsabilidad de ser una fuente de la que brota la creación de la nada. Es que ser Dios ha sido una responsabilidad muy grande. Lo es. Por hoy creo que renuncio a ser Dios. Hoy solo quiero ser humano nada más. Hoy quiero volver a creer en el Dios de las religiones. El que tiene formas humanas, el que castiga. Solo para tener a quién echarle la culpa de lo que no sé. De lo que no se me ocurre. De lo que no puedo crear porque tengo miedo. Miedo de qué, tampoco lo sé. Mañana retomaré mi papel creador. Porque ser Dios ha sido muy pesado de ejercer todos los días. Porque hoy necesito volver a creer que existe el destino y que hace lo que quiera con las personas. Prefiero pensar que soy el trampolín sobre el que las palabras realizan su salto cuántico cuando les da la gana. Que soy un instrumento de ellas. Que me usan a su antojo, y qué. Que aparecen de una dimensión desconocida y yo no tengo nada que ver en ese asunto. Me lavo las manos. Me desligo de la responsabilidad. Y aunque no convenza nada de lo que acabo de decir, será mejor que por hoy me retire aunque siga llevando conmigo lo que piense, lo que siento y hasta lo que no siento, a cualquier lugar que vaya.


Minda.

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Caminata de media noche.






Pensaba en esos días y esas noches. Las melodías y sus letras. Canciones. Los libros. El otoño. Pensaba en lo que no debía pensar. Necesitaba ir a algún lado. Como si buscara algo. Como pretendiendo encontrar algo. Alguien.  Pero en ningún lado está. Ni siquiera en su casa. Tampoco en la ropa que usará ahora. Ni en sus zapatos.  En su cuerpo tampoco se encuentra. En él tampoco existe él mismo. Quimera. Utopía pura.  Caminaba mirando al cielo. Las manos en los bolsillos comprobaban que mis piernas todavía andaban. Arriba una estrella solitaria me miró. Nos miramos. Nos enamoramos a primera vista. Oh no. Aquí voy otra vez.







Mindita

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Malditos


Lamento haber llegado tarde a verlos. El tráfico fue difícil. Siempre que llego tarde a algún lugar me siento muy apenada. Como ahora. Apenada y todo pero no dejo de llegar tarde. Forma parte de mi marca registrada. Creo. O qué se yo. De cualquier forma, lamento llegar tarde esta noche a verlos. El tiempo es oro, lo sé. Pero ustedes tienen la dicha de que el tiempo no los toca ni por un segundo. A ustedes qué rayos tiene que importarles el tiempo ¿Si me hago entender verdad? Qué noción pueden tener de tiempo y de espacio ustedes que siempre están ahí mirándome. Sin oficio. No se van a hacer otra cosa más importante con sus vidas que estar ahí estacionados. Viéndome vivir. Escuchándome respirar. Comiéndose mis dramas.

A veces me siento bienaventurada de tenerlos para escucharme. O tras me da rabia la desesperación que siento por contarles mis cosas. Rabia me da también porque tengo que pedirles perdón por llegar tarde a mi propia casa. La casa que invadieron desde que era pequeña. ¿Se acuerdan, verdad? Yo sí. En esa época me servían para algo. Ahora son inútiles. Qué casualidad más grande. Inútiles ustedes e inútil yo. No sé todavía si lo inane se me pegó de ustedes con el paso de los años, o a ustedes se les pegó de mí desde el momento que llegaron a mi vida uno a uno. Porque imagino que se acuerdan cuando llegaron a mi vida. ¿Verdad que sí?

 Me gustaría que al menos respondieran algo. Pero no. Con la cara tiesa como siempre solo me ven. Me ven y yo lanzando mi verborrea. Esa que tanto les gusta. Yo sé que adoran mi labia. Mi garbo al decir lo que sea que diga. Se torna maravillosa cualquier idea saliendo al exterior por mi boca. Valga o no valga un centavo lo que yo digo, sé que si tuvieran dinero estarían pagándome solo por escucharme. Sé que cada vez que empezamos una de nuestras reuniones los embriago de mí tanto que solo desean escucharme más y más. Yo sé que les gusta porque sino se hubieran largado. Cierto que no pueden largarse. Siento mucho que tampoco puedan moverse de ahí. Sé que envidian mi locomoción. Es más, sé que me envidian a mí también. Como ser. Como persona. Aman mi raza. Mi raza humana. No traten de guardarse dentro de sus caras secas el asombro por lo que estoy diciéndoles. Yo lo sé todo. De ustedes al menos lo sé todo. No así ustedes conmigo. ¿Si me explico verdad? Ustedes solo saben de mí lo que yo les dejo ver. Y lo que yo les cuento cuando me siento aquí frente a ustedes. Aunque sé que también me husmean. Son una chusma completa.

Esta silla está tan dura. Me parece que ya debo cambiar de silla. ¿No les parece? Que si no les parece, acabé de preguntar. ¡Me gustaría que por alguna maldita vez en sus malditas vidas me dijeran si sí o si no! Que no van a hablar. No me hagan usar la fuerza que tengo en reserva. Pero tienen suerte que esta noche no tengo ganas de sacarla. No hablen entonces. Sigo yo. No es cierto que llegué tarde por el tráfico. Llegué tarde porque me fui a un bar. No fui a beber. Beber me da pereza y me da miedo. Miedo a envejecer. Fui al bar a mirar a toda esa gente. Esa gente que va a los bares es genial. ¿No les parece? Es una reunión magistral de todos los arquetipos que puedan existir, donde ninguno sabe que eso es una reunión de arquetipos. Son todos distintos pero todos tan igualados. Es más, todo el mundo es igual a todo el mundo. Yo lo veo así. Todos los humanos que veo son uno solo que se subdivide en muchos. Los he conocido de todas las nacionalidades, religiones, filosofías. Y todos son el mismo drama. Lloran igual. Ríen igual. Van a cagar igual que todos. A veces se estriñen y otras les da diarrea. Ni por mucha plata que tengan dejan de sentirse miserables igual que los pobres. Los pobres y los ricos. Quién se habrá inventado semejante estupidez. Los pobres han llegado a creer que los ricos son una clase superior. Los ricos aseveran que los pobres son una clase inferior. Malditos confundidos. Malditos engañados. Todos se van a morir un día. ¿Si saben eso ustedes verdad? Todos nacieron envueltos de líquido amniótico y a todos se los llevará la misma muerte. Ahora díganme cuál es la maldita diferencia entonces. Cúal porque no la hallo. Es el papel ese que llaman moneda. Es pregunta. Estúpidos mudos, díganme si es acaso ese papel impreso que les hizo creer que existe diferencias. Unos se creen más y otros se creen menos que los que se creen más. Eso me da rabia. Me da risa también.

Ellos actuaban para mí en el bar y no lo sabían. Juegan todo el tiempo a ser diferentes personas. A amarse. Desamarse. Ilusionarse. Romperse el corazón entre ellos. Gozar. Sufrir. Todas esas son solo excusas que buscan para encontrarle sentido a la vida. Y cuál es el sentido de la vida?

Mis estimados, el sentido de la vida es que la vida no tiene sentido. Ése es el maldito sentido que todos ellos desconocen. Me gusta verlos aturdidos tratando de provocarse sentimientos. Sean buenos o malos. Los que sean, para encontrarse con algo. Buscan sin cesar algo. Hay algo que todos están buscando y que jamás van a encontrar. Van a morirse buscando. Vayan y díganle a todos esos plastas que no hay nada que buscar y nada que encontrar.  Se pierden en medio de la vida todos esos idiotas de ese bar de idiotas buscando sentir algo idiota. Es que no hay nada que sentir. ¿Sí me entienden lo que digo verdad? Nada.

Saben qué. Ya se me quitaron las ganas de hablar. Inertes. Lo que se me apetece ahora mismo es deshacerme de ustedes. Me fastidian sus ojos de lástima sobre mí. Me jode la vida abrir los ojos y verlos mirándome. Me jode que sean la última cosa que vea antes de dormir. Soy  una mujer adulta. No una niña. Quién los necesita. Esta casa no es mía pero es como si lo fuera. Uno de estos días me verán largándolos de aquí. Tengo edad suficiente como para decidir qué hacer con mi vida y mis cosas y aunque los odie ustedes son mis cosas. Mis sesiones periódicas con ustedes son exclusivamente para practicar mi oratoria. Nunca tengo nada sustancial que decirles. Nunca sé por dónde voy a empezar y por dónde terminaré. Despídanse. Los voy a matar ahora mismo. Se los advierto para que no hagan ruido. Los papás de la perdedora que tienen delante de ustedes están durmiendo. Me harté de rendirles explicaciones de mi vida por inercia. Por eso los voy a partir en  mil pedazos para que dejen de mirarme y de aturdirme. Sus felpudos cuerpos voy a aniquilar. Ven esta tijera que tengo en manos. Los voy a acariciar con ella suavemente hasta rasgarlos. No va a doler. Malditos. Digan algo. No van a hablar. Entonces me despido yo. Adiós animales absurdos de felpa.





Mindita

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Nadie



Él se metió en mi vida, y cuando se fue, se metió en el vaso de la estantería que me correspondía, el que lleno de aire estaba. Vacío de líquido y lleno de nada. Un recipiente esperándome.  Correspondía a mi historia desde antes de nacer aquél, y los demás vasos que por mi mano pasarán esta noche. Hoy. Un mesero lo toma del escaparate para dármelo lleno de lo que pido. Vodka, mesero. Pero fue Él quien lo atestó de hielo,  de él y de alcohol.

Agarró mi mano, Él. Manipuló mis dedos, de tal modo que pude asir el vaso saturado de licor, ayudada por su tacto. Estoy seducida en el viaje de la copa a mis labios, por su mano. Bebí. Se metió a todo el cuerpo mío, como solía hacerlo, no en metáforas, en actos.

Embriagó cada célula. Alcoholizó mis sentidos. Ejercía. No hubo nadie más que yo debajo de mi dermis para presenciarlo. Nadie mejor que yo para atestiguar los hechos.

Por la boca se me metió a la vida, desde un vaso. El borde todo frío. Por fuera del vidrio su frío también. Helaba el momento.  Momento consumado entre cubos de hielo. Su silencio en el frío. El frío en Él. En mi mano el vaso. En el vaso todo y nada. Y nadie. Mis venas sedientas quitaron la pausa que la cabeza implantó para poder pensar. Y entonces podía sorber una vez más. Otra copa. Mesero, otro más.

La música chirriaba. Ambientaba con alaridos. No entiendo nada esa música absurda. Absurda como toda esta gente “chic”. Qué me miras. Los golpes retumban la pared y rebota sobre los cuerpos que allá bailan, que conversan, que ríen. Mis pies sienten las ondas de la danza  y se mueven. De aquí para allá, de allá para acá. Bailan mis pies. Todo lo demás de mi ser se contagia al son. Lo había bebido a Él en cada vaso. Estaba adentro de mí, pero adentro no había nadie. Ni siquiera yo. Estaba llena de nadie y de nada. Vacía pero llena. Como el vaso al inicio y al final. Yo y el vaso. El vaso y yo. Tomó mi mano y me sacó a bailar, Él. Ella baila sola, es la voz del murmullo. Ella ya no piensa. Tampoco siente. Ella bebe, baila y se pierde en el vacío. Ella: yo. Yo: él y los vasos helados de alcohol. Él: Nadie. Nadie: Yo, él, los vasos de alcohol, la voz del murmullo, el vacío.



Mindita

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A él. Sí. A ti.



No me he ido. Aquí estoy. No me iré. Las ganas no se van, del amor, no, no se van. Las ganas no se pierden, las vengo ganando sin desear. Sin planear.
Recorro los pliegues de un amor, del mío. Sentimiento sin las dos últimas sílabas. No miente. No sabe siquiera hablar, mucho menos engañar. Sentimiento callado. Meditativo. Es. No le interesa mucho o poco del mundo sus afanes. Mas o menos sus intereses radican en él. En ti.
Hay un amor en mí que no es comunicación, porque no necesita retroalimentación. Aunque la voz de él esté o no, no se va, no se borra, no se olvida. Acontecimiento personal. Muy privado. Muy mío. Amar porque sí. Amar porque nació en un día, en un mes inconcluso de veintiocho días. Amor que nunca muere. Siempre estuvo por allí, antes de él también, pero me hacía sonreir por cosas. En cosas amaba, en situaciones soñaba. Y un día apareció. Hoy estoy en él.
Como la materia, el amor es energía. No se pierde. No se destruye. Se transforma. Fluye. Es.
Decidí amar y nunca tomé esa decisión. La decisión me tomó a mí por sorpresa. Aquí estoy. La mano arrancó el corazón del pecho, de su centro. La mano, esa mano mía, se extendió. Regaló. A él. A ti el corazón. Mi corazón.
No necesita el implicado querer o no que lo amen. El suceso es inesperado. Inigualado. Incomparable. Increíble. No pide permiso para posarse, el amor sobre otro.  Le hablo nuevamente a él. Le hablo a la misma persona. Hablo del mismo hombre. Solo de uno. De ti.
Sigo siendo yo. Un poco rara tal vez. Ahora estoy repartida entre tú y yo. En la parte del yo no estoy tan presente, me he sorprendido de vez en cuando vagando en ti, sin permiso. Si me ves dime de mi parte que puedo seguir por donde quiera, y dime que te diga que no necesitas hacer nada. Todo está hecho aunque no esté elaborado. Asunto personal. Amor incondicional. Amor. Solo eso. Cuatro letras que contienen al mundo entero. Que giran al mundo. Lo que todos buscan. Felicidad. Felicidad, nombre de pila del Amor. Ah. Dime también que te diga que he soñado una vida entera contigo. En ti. Que te amo aunque no digas nada, aunque no te vea. Te amo por existir. Amo tu ser y tu sonrisa aunque no las vea todos los días. Solo quiero hacerte vivir con mi amor. Solo quiero explotar con una dinamita todo eso que siento, y construirte con eso una vida feliz. Una vida para dos, una vida para llevar.
Vengo a decirle a él. Sí, a ti, que te amo porque sí. Motivos hay y también no los hay. Es un misterio. No le estoy buscando respuesta. No me interesa. Mi vida está inundada al tope de sentimientos. No sé si un día te amaron así. Yo puedo describir lo que se siente ser el portador del amor aquél. Se siente muy lleno mi pecho que a ratos se desborda el río por mis ojos. El acontecimiento espiritual de la vida. De mi vida. Que me lleva a desearlo todo. A querer todo. A estar dispuesta a todo por vivir ésa vida en él. Contigo. Dormir en tu pecho todas las noches de mi vida. Y ojalá de mis próximas vidas. No caben dudas. Solo caben certezas. Mi vida se enamoró de él. Sí. De ti.



Minda

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El Encuentro Perdido.



01:10 am. Escribí adiós. Exagero. Dijimos  buenas noches. Buenas noches tú, buenas noches yo. El beso de despedida. Mua. El te quiero. La distancia que nos quedaba ardiendo en la boca, en la saliva, en la cama. El fuego del cuerpo ausente, presente. Las promesas no dichas, pero ya existentes, allí, presentes también. Un collage de cuerpo, almas, espacio, objetos decorativos que mis ojos distinguen a oscuras en mi habitación, anhelos, sueños. Tú y yo, así nomás. Nombres apellidos, sueños, más sueños. Anhelos, más anhelos. La puerta abierta estaba, y por allí salían sentimientos, iban a tomar aire al pasillo cuando me los gastaba de tanto sentirlos, y volvían a acostarse conmigo en mi cama. Sentimientos encontrados en el ambiente. Viajaban los tuyos y los míos los recibían. Algarabía. Y cayendo en cascada sobre mí cuerpo. Transitorio terreno: mi cuerpo. “Mi cuerpo” suena tan falso. Ahora que lo recuerdo parece haber sido el cuerpo de alguien más. Cerré los ojos. Ojos cerrados. Ojos en off. Ojos que no querían cerrarse y que obedecían órdenes, las mías. La frenética situación confusa de dormir al cuerpo cuando el alma quiere jugar a seguir amando. El sueño se avecinaba. En el trance de llegar al sueño apareciste. Te vi, nos vimos, unísona presencia. Verbo ser en acción pura. Momento flash. Ojos abiertos. Sueño trance finalizado. Corazón palpita; no te salgas corazón. No fue un sueño, no llegué a dormir del todo. Estaba despierta, estaba dormida. Cerrar los ojos de nuevo. El corazón palpitaba fuerte, más. Tun, tun, tun, tun. Basta. Manos temblando, y en medio de ellas las tuyas. Se sentía bien. Girar el cuerpo de izquierda a derecha, de derecha volver a la izquierda y acomodarse nuevamente para dormir. ¿Dormir?, ¿acaso dije dormir? Se sentía la presencia única de él, sí, la tuya. Ojos cerrados todo el tiempo, el encuentro de almas ocurría, transcurría. Casi dormida, otra vez, el corazón acelerado. Te ibas, tu ausencia pesaba. Te ibas y la desesperación en el pecho. Ojos abrir, miedo absoluto apoderándose. Apretar teclado de celular para que la luz sea alumbrando. Ojos vagando, desenfocados. Descifrar en el momento, imposible. Descifrar lo indescifrable. Describir lo indescriptible. Percibir lo imperceptible. Eso. No entender nada y entenderlo todo. Las antenas telecomunicadoras del espíritu cayendo. El cuerpo lo sintió, el cuerpo anunciando lejanía. Mirar pantalla de teléfono celular para volver en mí. Volvía en mí. Calma. Ojos cerrar. Cómo cuesta dormir cuando se ama de verdad, pensé. De nuevo cuerpo girado hacia la pared, lado izquierdo. Pensar en ti significa traerte a mí, otra vez, por default. No planeado. No planificado. No estratégico. Normal, natural. Como la vida, ocurre. Allí estaba tu alma recostada a mi izquierda. Empezó a colarse en mí. Nos unimos. Nos unimos sin planear. No en sexo, no en cuerpo. Nos unimos en alma. Comunión. Uno solo. Solo uno sin brazos, sin piernas, sin ojos ni boca ni piel. No cabello. No nada. Estábamos. Simplemente el verbo estar en ejecución plena. Cuando tienes al verbo estar en acción, entonces te fijas que simplemente eres. Dos verbos en uno. Dos verbos que comunican a la misma acción. Dos verbos y una sola acción. Personas convertidas en verbo. Los nombres decorativos que nos fueron dados al nacer, como identidad, son verbos. Tú y yo. Tú más Yo. Dos que suman uno. Dos pronombres sin interés de llamarse sino de conjugarse. Verbo. Acción. No dormía, no vigilaba. Nirvana. No medio punto sino punto medio. Allí, ni muy allá ni muy acá. En el centro del tiempo y el espacio. Un lugar sin nombre, sin ubicación. La consciencia de estar allí despertó el miedo. Huías entonces del lugar de nuestro encuentro que no era mi cuerpo pero tampoco estaba fuera de éste. Yo abandonaba el cuerpo para continuarte. El traje de piel que llevo usando ahora mismo, me quedaba grande. Me desprendía yo del atuendo, lo sentía flojo. Liberación repentina, momentánea. Fui consciente de aquello y el miedo me inundó nuevamente. Dosis doble de miedo. Terror. Seguía en marcha el deshacerme de mi cuerpo, y no lo había planeado. Segundos. Uno, dos, máximo tres. Como en los sueños, todo en corto tiempo y que resulta eterno. Ya no estabas más, ni siquiera cerca de mi presencia. Nada. Y yo que seguía levantándome lentamente del cuerpo humano. Cuerpo humano. Material. Ese que me recubre y permite habitar en este tiempo y espacio llamado vida. Mover las manos, los pies, la cabeza para traerme de vuelta. Funcionó. Funcionó pero seguía diez milímetros más lejos de mi cuerpo. Podía moverlo, dominarlo con mis pensamientos aún podía. Podía dominarlo aún pero mi alma ya no estaba colocada perfectamente sobre el molde. Ahora la diferencia era palpable. Mover la mano rápidamente. Alcanzar el teléfono celular para poder ver, ver y focalizar la mirada. Regresar como necesidad a mí, a lo que me han dicho que soy yo. Mi templo. Mi cuerpo. Dónde habito. Necesitaba regresar totalmente a la vida que casi estaba huída. La mano derecha no encontraba el celular. Desesperación en el  cuerpo, aún podía sentir. Era consciente de que al menos estaba allí todavía, conectada al cuerpo de alguna forma aunque me sintiera fuera de éste. Estaba. Pero estaba y no estaba. Sí y no. Sí pero no. Lo tuve entre mis manos. Encontré el bendito celular. Teclas pulsar. Ojos miran pantalla. Es tan extraño. El primer pensamiento al ver la luz: Tú. Tú que dormías allá en dónde estabas esa noche, anoche. Empezaba a volver en mí. La distancia entre mi cuerpo y yo ya se sentía de 5 milímetros. Era un avance al menos. Manos frías. Reviso tu último mensaje. Te pienso. Te escribo. Necesitaba contarte y decirte que estuviste conmigo mientras dormías. Decirte que casi me voy para alcanzarte allá, en tu cama. No. Para qué contar algo que no puedo siquiera describir bien en ese momento. Sentada. El cuerpo se compactó de nuevo con el alma. Cero milímetros de distancia. Estacionada por completo en mi cuerpo, mi casa. El templo. Siento temor de volver a la experiencia ocurrida. Sentí miedo que, de experiencia, se convierta otra vez en experimentación. Acomodar el cuerpo hacia la izquierda de nuevo. Googlear cualquier idiotez para leer y quedarme dormida de cansancio. Era mejor no pensar más. No sabía si había interferido en tus sueños. Tampoco quería volver a intentar escapar de mi cuerpo. Era hora de dormir. 2:08 am. El silencio de la noche me acosaba. Hablaba. Decía que intentaría irme otra vez. Traté de huir de mí y no pude. Abrir cajón con mano derecha. Sacar iPod. Kashmir. Yellow. Caer en el vacío del sueño. Aquí estoy.





Minda

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No se lo conté jamás a nadie


Las llamas quemaban, los dos cuerpos dormidos desnudos en la cama. Despertó él con el olor a humo, él la despertó a ella. La muerte habría llegado pensó él y tenía que pelear por su vida y la de su amor. Ella gritaba desesperada –No quiero morir, no todavía. Las sábanas entre las que se amaron, esas sábanas, los cuerpos cubrir –Moriremos. –No, estamos juntos. El fuego los esperó dos segundos mientras se besaron. Avanza ella descalza, él va detrás. Las llamas arden, huyen entre fuegos. las sábanas empiezan a arder también. Ella grita, él no ve nada, solo cierra los ojos mientras sigue corriendo, tratando de la puerta localizar. El agarra la perilla, la maldita perilla que destroza su mano, las llamas nuevamente le dan un tiempo “bonus”, tres segundos, él piensa en ella, no puede volver a buscarla, su cuerpo está quemándose también, las llamas quitan la pausa, y él prosigue, se atreve a agarrar la puerta con el poco espacio sin quemar de la sábana, se descubre la cara. El grita -La abrí, la abrí, nos salvamos, la abrí. Ella no responde y él escucha un llanto. Abrió la puerta, el incendio no ha ocupado aún toda la casa, puede correr a penas hacia la puerta principal, la que está en la pequeña sala de su casa para buscar ayuda. Afuera todos, los vecinos, los bomberos apenas llegando se alistan a apagar el fuego, los perros aullando a la luna en la esquina derecha de la casa junto a la cerca, la esposa. Sí, dije su esposa, ésta lo recibe y llora, llora como nunca antes vi llorar a una mujer. Le quita las sábanas, llama a una ambulancia. Está quemado, está herido, el rostro presenta quemaduras, las manos no las puede mover, los pies destrozados, casi no respira. Lo suben a la ambulancia, él no quiere, él grita: -sáquenla a ella, sáquenla. La esposa pregunta a quién. El solo dijo -la amo, salvenla. Los bomberos apagan el fuego. Ella ha muerto y nadie sabe quién es ella, solo saben todos que está desnuda. El murió camino al hospital. A la esposa a veces la veo limpiándose una lágrima, a veces dos. Aún llora por él, a veces es amor, otras veces son solo lágrimas de odio.




Minda

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Lo que el viento un día se llevó




No se acostumbra al ruido del mundo, al que es realmente fuera del vientre de mamá, lo probó ya y quiere huir. Solo se le apetece llorar, no sabe qué más hacer, no tiene aún ideas como para organizar pensamientos, que ausentes también, dejan a sus lágrimas más espacio por donde circular.

Espera que mamá comprenda el motivo de su lamento. Espera que mamá se dé cuenta de que no quiere que se le despegue la hoguera de su cuerpo jamás, que siente frio todo el tiempo aunque la arropen con cobijas, que necesita su calor humano, que todavía quiere coexistir y ya la lanzaron de golpe a la soledad, al cuerpo de a uno.

Se siente tan pequeña, minúscula, desvalida… tan sola. Se le olvidó que hace nueve meses ya que es humana, que ya no es más espermatozoide y óvulo, que ahora es vida, ¡Vida!... Y ella solo llora, y ella no entiende lo grandioso, la gloria y el triunfo que su vida significa, que aún envuelta entre sus océanos de lagrimas de cristal, es la luz de los  ojos de papá, de mamá y de cuánto ojo oportuno se cruce por su delante para admirarla.





Es que era muy bella, tanto, que cinco días fueron suficientes para que a cualquiera le quedara claro que sus ojos verdes eran un mar inmenso, que su piel era la vida y su vida… un Sol, un inmenso sol.


No hay nada más que contar.



Minda.

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El enviado del Cielo



Esta mañana, mientras la taza de café iba viajando hacia mi boca y mis ojos posados estaban en el diario que sostenía con la mano izquierda, vestido de blanco y negro apareció un hombre sentado a mi mesa.  Me asusté tanto que caí de la silla al verlo, pero, al instante me propiné dos bofetadas para hacerme reaccionar, (si era un ladrón debía enfrentarlo con mi valentía de hombre, de varón), así es que me recuperé de inmediato y me senté en la silla nuevamente, temblando, e iba a hablarle aunque no sabía qué decir, pero se antepuso su voz a mis palabras: -Vengo del cielo, tranquilízate. Es obvio que no podía tranquilizarme, pero ordené en silencio a mi rostro destensionar sus elementos, aflojar sus expresiones de espanto, e invoqué a la relajación y confianza, y proseguí,  -¿A qué vienes? -A conversar, respondió.  Me señaló con el dedo aquel que todos usamos para dicho acto,  lanzó un suspiro antes de abalanzarme lo que sería “la bola criminal de palabras”, abrió la boca nuevamente y prosiguió: “Ya es tarde para desear eso que quieres, deberías estar embarcado de regreso en el buque de los sueños, cosechando, mejor dicho riendo. Ayer pensaste que eras un niño, un jovencillo y por eso nada hiciste, y hoy, el reloj dice que ya estas viejo. Ríndete, mejor descansa, hay otros, jóvenes, esos sí jóvenes, a quienes les pertenece el mundo, tu tiempo ya pasó. El Señor de los Cielos te trae este mensaje, recíbelo con sabiduría y amor”.


… Y los sueños míos que lo escucharon y se me resbalaron hasta las esquinas de los ojos  y desde ahí les permití rodar hacia afuera.  Caían mis sueños en gotas, y, a punto estos de tocar el mundano suelo coloqué mi mano para ampararlos, y la razón que no me funcionaba ya como solía hacerlo, y yo que en silencios le daba los créditos de la verdad a las palabras del enviado del Cielo.
La mirada la apunté hacia otro lado para no mirarlo, divagué entre las baldosas, los platos sucios del lavadero y volví mis ojos a la mesa nuevamente. Me encontré con la cara de el hombre que tenia sentado delante de mí  en el diario, con un titular que decía “Impostor del Cielo: Fantasma destructor de sueños anda suelto”.




Minda

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Mi Acera




Un objeto anticuado adornando, o dependiendo de quién lo observe, empeorando el aspecto del lugar, mejor digamos la calle en donde se me ocurra estacionarme. Una antigüedad. ¡Y Pensar que en eso me convertí en realidad, en algo viejo!... La niñez y la juventud se me esfumaron extrañamente, tan rápido como sucede un chasquido de dedos. A veces pienso que fue prematuro porque no sé cómo sucedió. Es como si de repente una maldición se hubiera posado sobre mí, y un día me levanté y me observé viejo; vi mi rostro y ya se me había agotado casi como por magia la juventud, esa de la que tanto presumí, por la que vociferé sin miedo tantas cosas, por lo que me confié de que era muy pronto para preocuparse por cumplir sueños, metas y esas cosas que catalogué como secundarias. Y hoy que me paré, que me miré y todo ha sucedido tan inmediato como lo confieso, además de viejo estaba hundido, con sueños apilados llorando bajo mi almohada, mojándome las noches y las mañanas, y el rol aquel de personaje secundario que le había dado a ellos ahora me pertenecía a mí. Me desarmaba y me armaba en piezas y tuercas el calificativo aquel que me resonaba por ahí como una voz vagabunda dentro de mi cabeza: Yo, personaje secundario de mi propia historia. Yo, casi espectador de la escena no ocurrida, no sucedida. Yo, el hombre sin sueños, el anciano muerto en vida, sin rumbo, sin santo ni seña. El hombre que fue joven un día, como todos, que prefirió vivir un pasado eterno en sus días, que odiaba los futuros y que acribillaba y sigue acribillando entre tanta lamentación al presente.

Ya todos pasan por esta calle, caminan, conversan, ríen, otros lloran, y yo solo veo... A veces prefiero no ver más, y cierro mis ojos, y con la mano extendida me quedo, esperando que caiga en ella una moneda que me recuerde lo miserable y bajo que caí, que me recuerde la dependencia existencial de la lástima que tengo, la única que me hace sentir vivo, mal, pero vivo.

Ellos, los jóvenes, y hasta los viejos con más suerte que la mía, me ven y me creen un simple pordiosero. Yo soy más que eso, soy mis frustraciones gozando su victoria, mi pasado riendo, mis fracasos encarnados en mi. No me baño porque tampoco quiero que se me quiten con el agua mis desgracias, al menos así algo tengo, y sin ellas me quedaría completamente solo. Prefiero seguir aquí, durmiendo en la acera, en el cartón, cobijado con hojas de diarios y pidiendo limosnas, para al menos sentirme victorioso por existir, por habitar, por ser.




Minda

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El Final



“No existe cielo sin nubes”
Dijiste con un suspiro,
Y te quedaste callado mirando
Deseando
Pensando


Ahora eres espiritual
Reflexionas sin parar
Tú, que me asombras
Amas al viento
Y a los niños hoy


Te persignaste con las manos
Las que olían a hipocresía
En pleno acto
En pleno ritual
Clamaron

Que del mundo te vas
Así lo dijo un Galeno
Y ahora miras al cielo
Ahora sí
A la vida te aferras


Que mis labios son  ajenos ya
Aseguras
Que tu tumba lista está
Que te vas
Pero tú te quieres quedar.



Minda

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Todos Quienes Conformamos un Todo



Existen seres humanos y seres humanos…
Unos que nacen para amar y otros para ser amados;
Unos que quieren ser abogados, otros artistas, y otros ser “nadie”;
Unos que tienen familia, otros que no.


Hay los que tienen amigos y los solitarios del “mundo de a uno”.
Quienes se casan y quienes se mantienen toda la vida en soltería
Hay también de los que lo tienen todo en la vida…
Y otros que no tienen jamás nada…


Los que aman a escondidas y los que ventilan sus aventuras
Quienes escuchan al corazón y los que lo ignoran;
Quienes rezan y tienen un dios y religión,
Quienes creen en ilusionistas y en películas de ciencia ficción.


Hay quienes nacen para cantar, y otros que cantan al morir
Personas que pueden ver, y otras que pueden observar
Parejas con hijos, parejas sin hijos, e hijos,  sin padres….
Hogares enormes y lujosos, y hogares sin techos


Gente que nace para estacionarse, y otra que nace para volar
Los hay con alma, otros con corazones;
Llenos de vida, y otros llenos de muerte
Unos con pasión y vida, otros carentes de emoción


Sociedades acomodadas y sistemas capitalistas;
Sistemas socialistas y otros comunistas,
Niños ricos y niños muriendo de hambre en el mundo entero;
Los que lideran y otros que prefieren formar parte de las masas


Gente que dice la verdad, otras que creen fácilmente en mentiras
Unos siempre enamorando, otros que se enamoran de falsedades
Unos que miran al cielo pidiendo, otros con la fe extinta
Hay a los que el sol les brilla siempre, y otros con la noche eterna a cuestas.


Los que habitan en casas de madera, ladrillo, hormigón…
Los que tienen casa pero no tienen muebles
Los que tienen casa, muebles pero no tienen un hogar
Los que tan solo dejaron de habitar…


Gente del norte, gente del sur, y de oriente, y de occidente
Los que huyen, los que se esconden, los que se alejan
Los que vienen, los que transitan…
… Los que se van y los que se quedan


El que es de todos lados porque no se ata a ninguna parte
Quien tiene su hogar en donde la felicidad lo arrastre;
El que se ata a un lugar porque se encuentra ahí su hogar,
Hay de los humanos que luchan, y de los que se conforman.


Existe Gente culta sin educación y educados inhumanos
“Felices” sufriendo, las mascaras quebrando;
Las que saludan y las que esperan solo recibir atención,
Hay Cómodos y serviciales.


Somos todo todos conjuntamente
Somos la suma de lo que hacemos cada uno
Formamos este universo desigual
Trazamos así el camino.


Nadie es lo que tiene sino lo que da
Nadie es el dueño del mundo, sino de su mundo
Ninguno es dueño de la verdad universal, únicamente de la suya
Todos vinimos a empezar, para un día finalmente terminar.


Minda

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