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¿Qué movía al mundo ese día?



¿Qué movía al mundo ese día? Era el viento sobre la copa de plástico, movediza ella, bailando sobre el mantel. Moviendo a su antojo los escombros de la fiesta de anoche. Sí, eso debía ser. El ventarrón. Él, que divisaba el espectáculo desde la esquina de su vieja sala. El marco oxidado de su ventana conducía la vista hacia la mesita del portal de la casa continua, donde la danza aquélla sucedía. Su piano y su música desde el alma hacia los dedos, y desde ahí hacia el mundo. Chopin, Opus 25, N. 9 en sol bemol mayor, decía mucho, no decía nada. Callaba y su silencio abrazaba el cuadro, la escena. El mundo desde su ventana. La lámpara colgada del techo y sus gotas de lluvia congeladas en cristal, danzando con el viento, no con su música. Pero su música, su pieza melódica a él le llenaba el alma. La rebosaba. El piso a su alrededor, un lago de él mismo mientras el tocaba. Volvía a tocar y moría. Aunque fuera vida lo que hacía con sus manos en ese piano, se extinguía por el simple gusto de volver a nacer. De reaparecer en existencia. De sentir el orgasmo de la muerte y el éxtasis de la vida, otra vez. Muchas veces otras veces. Despertaba el gato que reposaba sobre el piano. Su gato. El viento seguía moviendo ése mundo. El viento violaba su nariz, y los poros de su piel. Era el mismo viento que posado estaba sobe la mesa de la copa y del mantel y que movía al mundo. ¿En realidad movía éste al mundo? ¿Era su música o era el viento? O ninguno de los dos. O los dos. ¿Simbiosis? La pieza musical repleta, repleta de eso, de música, retiraba el sonido en cada pausa y dejaba el hueco perfecto en donde reposar el alma, y disfrutar la vida, ese soplo de instante, ese pestañeo que es, que no tiene mucha descripción. Solo es y ya. Solo puedes perderte en ello y respirar. Y sentir. O perderte de ello y estar muerto en vida.

Él sabía de esto. Él solo hacía música, aunque sabía que era lo opuesto en realidad. Que ésta lo iba haciendo a él.


Minda




Gracias Chopin por la inspiración:
Chopin, Opus 25, Nº9 en Sol bemol mayor

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La inspiración no es un lugar físico.



Me siento a solas conmigo. Armo con mis piernas un loto y con mis manos lo decoro. Atino a encontrar ahí dentro la inspiración. Vago en el silencio amplio del lago negro de mis párpados cerrados. Ahí estoy yo sentada a solas conmigo y con todos los que conformamos yo. Con todo. Estoy conmigo y con el universo. Él y yo somos uno solo y él es infinito. Eso es en lo que creo. Pero también soy finita porque mañana me moriré. Y porque no se me ocurre nada ahora que lo necesito. Maldita sea. Y ahí sentada me esfuerzo por disolverme en ese negro que veo y emerger alguna idea que se deje expresar. Quiero sufrir un parto. Desgarrarme el vientre de ser posible. Parir aunque duela. Pero no hay nada que parir hoy. Me estoy obligando y no sucede nada. Ni la disolución ni la inspiración. El momento creativo es como el amor. No sucede cuando te da la gana sino cuando tiene que suceder. Es como el amor porque también es el amor. Pero aunque lo racionalice así tampoco puedo parar de intentarlo. Y de concebir una idea también. Quince minutos más tarde no ha funcionado. Me paro. Camino. La sala está inundada de luz. Los edificios brillan como si nunca antes hubieran brillado. Recuerdo entonces que todo es nuevo hoy aunque ayer ya sucedió también. Ya en la cocina bebo agua. No pienso en nada. Y aún no pensando en nada sé que en cada sorbo sigo buscando aunque la búsqueda ya cesó. Regreso a la habitación. El ordenador me sigue esperando con el cursor palpitando intranquilo en la pantalla. El cursor en plena taquicardia me sigue esperando. No sé qué decirte, ordenador. Ya no sé qué más decirte. Es cierto que no te he dicho nada. Pero precisamente por esto tú sabes, porque me conoces, que hoy no tengo nada que decirte. Deja de mirarme así por favor. Se me ocurre pedirte que co creemos algo. Piensa tú también. Siente tú también. Ayúdame. Es que a veces ya no puedo con la responsabilidad de ser una fuente de la que brota la creación de la nada. Es que ser Dios ha sido una responsabilidad muy grande. Lo es. Por hoy creo que renuncio a ser Dios. Hoy solo quiero ser humano nada más. Hoy quiero volver a creer en el Dios de las religiones. El que tiene formas humanas, el que castiga. Solo para tener a quién echarle la culpa de lo que no sé. De lo que no se me ocurre. De lo que no puedo crear porque tengo miedo. Miedo de qué, tampoco lo sé. Mañana retomaré mi papel creador. Porque ser Dios ha sido muy pesado de ejercer todos los días. Porque hoy necesito volver a creer que existe el destino y que hace lo que quiera con las personas. Prefiero pensar que soy el trampolín sobre el que las palabras realizan su salto cuántico cuando les da la gana. Que soy un instrumento de ellas. Que me usan a su antojo, y qué. Que aparecen de una dimensión desconocida y yo no tengo nada que ver en ese asunto. Me lavo las manos. Me desligo de la responsabilidad. Y aunque no convenza nada de lo que acabo de decir, será mejor que por hoy me retire aunque siga llevando conmigo lo que piense, lo que siento y hasta lo que no siento, a cualquier lugar que vaya.


Minda.

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El Encuentro Perdido.



01:10 am. Escribí adiós. Exagero. Dijimos  buenas noches. Buenas noches tú, buenas noches yo. El beso de despedida. Mua. El te quiero. La distancia que nos quedaba ardiendo en la boca, en la saliva, en la cama. El fuego del cuerpo ausente, presente. Las promesas no dichas, pero ya existentes, allí, presentes también. Un collage de cuerpo, almas, espacio, objetos decorativos que mis ojos distinguen a oscuras en mi habitación, anhelos, sueños. Tú y yo, así nomás. Nombres apellidos, sueños, más sueños. Anhelos, más anhelos. La puerta abierta estaba, y por allí salían sentimientos, iban a tomar aire al pasillo cuando me los gastaba de tanto sentirlos, y volvían a acostarse conmigo en mi cama. Sentimientos encontrados en el ambiente. Viajaban los tuyos y los míos los recibían. Algarabía. Y cayendo en cascada sobre mí cuerpo. Transitorio terreno: mi cuerpo. “Mi cuerpo” suena tan falso. Ahora que lo recuerdo parece haber sido el cuerpo de alguien más. Cerré los ojos. Ojos cerrados. Ojos en off. Ojos que no querían cerrarse y que obedecían órdenes, las mías. La frenética situación confusa de dormir al cuerpo cuando el alma quiere jugar a seguir amando. El sueño se avecinaba. En el trance de llegar al sueño apareciste. Te vi, nos vimos, unísona presencia. Verbo ser en acción pura. Momento flash. Ojos abiertos. Sueño trance finalizado. Corazón palpita; no te salgas corazón. No fue un sueño, no llegué a dormir del todo. Estaba despierta, estaba dormida. Cerrar los ojos de nuevo. El corazón palpitaba fuerte, más. Tun, tun, tun, tun. Basta. Manos temblando, y en medio de ellas las tuyas. Se sentía bien. Girar el cuerpo de izquierda a derecha, de derecha volver a la izquierda y acomodarse nuevamente para dormir. ¿Dormir?, ¿acaso dije dormir? Se sentía la presencia única de él, sí, la tuya. Ojos cerrados todo el tiempo, el encuentro de almas ocurría, transcurría. Casi dormida, otra vez, el corazón acelerado. Te ibas, tu ausencia pesaba. Te ibas y la desesperación en el pecho. Ojos abrir, miedo absoluto apoderándose. Apretar teclado de celular para que la luz sea alumbrando. Ojos vagando, desenfocados. Descifrar en el momento, imposible. Descifrar lo indescifrable. Describir lo indescriptible. Percibir lo imperceptible. Eso. No entender nada y entenderlo todo. Las antenas telecomunicadoras del espíritu cayendo. El cuerpo lo sintió, el cuerpo anunciando lejanía. Mirar pantalla de teléfono celular para volver en mí. Volvía en mí. Calma. Ojos cerrar. Cómo cuesta dormir cuando se ama de verdad, pensé. De nuevo cuerpo girado hacia la pared, lado izquierdo. Pensar en ti significa traerte a mí, otra vez, por default. No planeado. No planificado. No estratégico. Normal, natural. Como la vida, ocurre. Allí estaba tu alma recostada a mi izquierda. Empezó a colarse en mí. Nos unimos. Nos unimos sin planear. No en sexo, no en cuerpo. Nos unimos en alma. Comunión. Uno solo. Solo uno sin brazos, sin piernas, sin ojos ni boca ni piel. No cabello. No nada. Estábamos. Simplemente el verbo estar en ejecución plena. Cuando tienes al verbo estar en acción, entonces te fijas que simplemente eres. Dos verbos en uno. Dos verbos que comunican a la misma acción. Dos verbos y una sola acción. Personas convertidas en verbo. Los nombres decorativos que nos fueron dados al nacer, como identidad, son verbos. Tú y yo. Tú más Yo. Dos que suman uno. Dos pronombres sin interés de llamarse sino de conjugarse. Verbo. Acción. No dormía, no vigilaba. Nirvana. No medio punto sino punto medio. Allí, ni muy allá ni muy acá. En el centro del tiempo y el espacio. Un lugar sin nombre, sin ubicación. La consciencia de estar allí despertó el miedo. Huías entonces del lugar de nuestro encuentro que no era mi cuerpo pero tampoco estaba fuera de éste. Yo abandonaba el cuerpo para continuarte. El traje de piel que llevo usando ahora mismo, me quedaba grande. Me desprendía yo del atuendo, lo sentía flojo. Liberación repentina, momentánea. Fui consciente de aquello y el miedo me inundó nuevamente. Dosis doble de miedo. Terror. Seguía en marcha el deshacerme de mi cuerpo, y no lo había planeado. Segundos. Uno, dos, máximo tres. Como en los sueños, todo en corto tiempo y que resulta eterno. Ya no estabas más, ni siquiera cerca de mi presencia. Nada. Y yo que seguía levantándome lentamente del cuerpo humano. Cuerpo humano. Material. Ese que me recubre y permite habitar en este tiempo y espacio llamado vida. Mover las manos, los pies, la cabeza para traerme de vuelta. Funcionó. Funcionó pero seguía diez milímetros más lejos de mi cuerpo. Podía moverlo, dominarlo con mis pensamientos aún podía. Podía dominarlo aún pero mi alma ya no estaba colocada perfectamente sobre el molde. Ahora la diferencia era palpable. Mover la mano rápidamente. Alcanzar el teléfono celular para poder ver, ver y focalizar la mirada. Regresar como necesidad a mí, a lo que me han dicho que soy yo. Mi templo. Mi cuerpo. Dónde habito. Necesitaba regresar totalmente a la vida que casi estaba huída. La mano derecha no encontraba el celular. Desesperación en el  cuerpo, aún podía sentir. Era consciente de que al menos estaba allí todavía, conectada al cuerpo de alguna forma aunque me sintiera fuera de éste. Estaba. Pero estaba y no estaba. Sí y no. Sí pero no. Lo tuve entre mis manos. Encontré el bendito celular. Teclas pulsar. Ojos miran pantalla. Es tan extraño. El primer pensamiento al ver la luz: Tú. Tú que dormías allá en dónde estabas esa noche, anoche. Empezaba a volver en mí. La distancia entre mi cuerpo y yo ya se sentía de 5 milímetros. Era un avance al menos. Manos frías. Reviso tu último mensaje. Te pienso. Te escribo. Necesitaba contarte y decirte que estuviste conmigo mientras dormías. Decirte que casi me voy para alcanzarte allá, en tu cama. No. Para qué contar algo que no puedo siquiera describir bien en ese momento. Sentada. El cuerpo se compactó de nuevo con el alma. Cero milímetros de distancia. Estacionada por completo en mi cuerpo, mi casa. El templo. Siento temor de volver a la experiencia ocurrida. Sentí miedo que, de experiencia, se convierta otra vez en experimentación. Acomodar el cuerpo hacia la izquierda de nuevo. Googlear cualquier idiotez para leer y quedarme dormida de cansancio. Era mejor no pensar más. No sabía si había interferido en tus sueños. Tampoco quería volver a intentar escapar de mi cuerpo. Era hora de dormir. 2:08 am. El silencio de la noche me acosaba. Hablaba. Decía que intentaría irme otra vez. Traté de huir de mí y no pude. Abrir cajón con mano derecha. Sacar iPod. Kashmir. Yellow. Caer en el vacío del sueño. Aquí estoy.





Minda

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Esto fue lo que pasó.




Andaba vagando sin rumbo
Y lo disfrutaba inmensamente
En el universo dormía flotando
De una estrella vivía
Y en otra comía.


De una galaxia me cruzaba a otra
Cuando me cansé una ocasión
Me acosté a soñar un poco
No supe que más paso
Me fijé cuando mis ojos se abrieron
Que había mucho color verde
Que había muchísimo ruido
Y que lejos estaba la luna.


Se me acercó un ser extraño
Y al preguntar dónde estaba
Me respondió: “En la Tierra”.

  
Llegué casi enlatada en un envase
con formas extrañas
idéntico al de los demás seres
transeúntes que cubrían sus cuerpos
que hablaban sin parar
que corrían todo el tiempo.


Dicen que ahora soy humano,
Que mi sexo es femenino
Y que debo usar tacones
Aunque no pueda mantener el equilibrio,
Que debo aparentar cosas
Aunque yo no sea nadie
Ni sepa que hago en este planeta,
Que debo seguir a la corriente
Y mentir para agradar


Y a mi falta de experiencia en esto
Por sobrevivir
Me uní a la manada
Y Sin querer queriendo
Ahora hasta parezco humano.



Minda

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Autorretrato

Soy la principal monotonía de la constante uniformidad que parece acecharme, acorralarme.
Que he odiado, maldecido y mal querido por aquella brutal característica asesina.


Soy la palabra salida de un verso, que retumba en el oído universal.
Soy ese mundo que desea devorar cada silaba de una dulce quintilla en castellano.


Soy la gota que derramó, entre miles, una nube preñada que no pudo esperar mas,
La gota que cayó en alguna piel, que se regocijó en ella, y que en ella se quedó.


Soy  también el sabor aquel que disfruta bienaventurado el paladar;
La causa de un triste pensamiento que se coló en la cabeza sin vacilar.


Soy el sueño que nació en una niña; la lucha del Miedo con el Deseo por cumplirlo,
Soy ese mismo sueño culminado un día, en un cuerpo maduro de mujer.


Soy el mundo que a través de las dos ventanas del alma, puede ver,
Ojos que dan el matiz básico a mi asimétrico, psicodélico y peculiar  Universo Multicolor.


Soy la vida encerrada en las cuatro paredes de una piel... Y un cerebro... Y un corazón.
Si dejo de existir, se acabaría junto conmigo, de lo mencionado, todo, sin excepción.




Mindita.

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